Dirigida por Ciro Ippolito, Vainilla y chocolate (Vaniglia e Cioccolato, Italia, 2004), es una cursi historia romántica que gira en torno a la fidelidad y al compromiso en un contexto matrimonial. Si bien la película comienza como un dilema moral, las circunstancias nos van llevando a un plano pasional, que va más allá de toda razón y convención social, cuya resolución se da como por obra de magia.
Todo comienza cuando Penélope (María Grazia Cucinotta, quien no se ve tan deslumbrante como otras veces) descubre una infidelidad de su marido, un periodista buen mozo llamado Andrea (Alessandro Preziosi); o bueno, una de tantas.
Ante esta situación, la bella esposa –madre de tres hijos, dos adolescentes (un hombre y una mujer) y un pequeño con asma– decide abandonar a su familia e irse a la casa de su difunta abuela, el lugar donde conoció y se enamoró de Andrea.
¿Qué busca Penélope (o Pepe, como le dicen de cariño)? Ni ella misma lo sabe. Sin embargo, esta casa de campo le permitirá hacer una revisión de su vida, la cual incluye no sólo la relación con su abuela, su madre y Andrea, sino una relación extramarital que sostuvo con un pintor aparentemente maravilloso (interpretado por Joaquín Cortés).
Mientras Pepe está en su fase de egoísta, Andrea reflexiona seriamente sobre sus prioridades maritales, mientras que el pequeño con asma sufre las vicisitudes de estar sin su madre, mientras la de en medio presenta problemas con la comida y con sus relaciones amorosas.
Los motivos que llevan a los personajes a actuar de la forma en que actúan, son bastante vagos. De hecho pareciera ser que el argumento de la historia nos dice: “pues porque así es la vida y punto”, lo cual no resulta para nada convincente: lo que vemos en pantalla es un par de adolescentes que no se hacen responsables de sus acciones ni de sus sentimientos.
Y por si fuera poco, las subtramas se quedan a medias: nunca se entiende de manera satisfactoria la relación entre Pepe y su madre; la problemática de los hijos es tocada por encimita. De hecho, casi nada se sabe del hijo mayor, y si bien sabemos que Andrea anda de ojo alegre con más de una y que tiene un poco abandonada a su mujer, nunca alcanzamos a comprender ni a identificarnos con su situación.
Por su parte, al personaje de Pepe le falta profundidad. Sus acciones y sentimientos se quedan a nivel de un melodrama común y corriente. Si formara parte de una telenovela, sería ideal: cursi, pasional, despechada, sufridora y poco racional. Sin embargo, posee un pequeño giro, y es que Pepe es igual o peor de irresponsable que su marido, y con todo y esto el director la dibuja como una pobre e indefensa mujer que debe ser rescatada. Está por demás decir que esto es incongruente.
Por supuesto, la resolución de Vainilla y chocolate (basada en una novela de Sveva Casati Modignani) parece sacada de la manga, de tal forma que muchos finales denominados hollywoodenses se quedan cortos. (Fausto Ponce)
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