Críptica y fantasmagórica, de humor mordaz, llena de naturalismo y un absurdo inverosímil, la serie televisiva El Reino (Riget, Dinamarca, 1994), de Lars Von Trier es una obra fabulosa. A grandes rasgos, es una lucha entre el bien y el mal, pero también, una lucha entre el conocimiento científico riguroso (el reino dominante) y entre el mundo de lo inexplicable o lo sobrenatural (sepultado debajo del hospital).
Todo ocurre en las instalaciones de un hospital danés llamado El reino, el cual fue construido sobre un pantano lleno de cloro en donde la gente iba a lavar ropa. El sagrado recinto, pilar de la ciencia médica, padece el constante acecho de entidades sobrenaturales cuyas intenciones, al menos en los primeros cuatro capítulos, son desconocidas.
Para desenmarañar esta situación tenemos a la espiritista Druse, madre de un camillero del hospital, quien finge enfermedades para poder hacer contacto con el fantasma de una niña, cuyo llanto suele escucharse en los elevadores.
Por otro lado está al pragmático y fascista doctor sueco Helmer, quien odia a los daneses y a todo lo que no tenga que ver con la ciencia. Helmer esconde varios secreto, entre ellos su fascinación por Haití y una historial de negligencia que ha arrastrado hasta El reino.
Helmer es enemigo declarado de Druse y de Hook, un doctor carismático y bastante hábil en sus relaciones públicas; éste último posee la prueba de una “metida de pata” de Helmer y es probable que la utilice, pero mientras eso ocurre, Hook deberá lidiar con el misterioso embarazo de su novia, otra doctora del hospital.
Los primeros cuatro capítulos son una mezcla de suspenso y fantasmas ocasionales, que mantiene al espectador gracias a su humor negro y a un suministro lento de información. Una obra fabolusa.
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