Fecha: 09/02/2008
Alta Fidelidad (www.faustoponce.com)
Artículo
Usualmente, la muerte de un niño en cualquier obra de ficción, ocasiona un gran sentimiento de tristeza, incluso, me atrevo a decir que estor es un recurso tramposo, pues al espectador no le queda de otra mas que conmoverse. Sin embargo, luego de ver la película The Good Son, en donde Macaulay Culkin hacía de niño malo, experimenté un gusto enorme con la muerte de un personaje infantil.
Posteriomente descubrí el por qué de mi emoción con el final de esta cinta. Y es que la figura de un niño malévolo va más allá de la inmediatez de una película hollywoodense, esta figura tiene una razón de ser, una razón ideológica que se encuentra presente en nuestra sociedad de una manera más profunda de lo que uno podría pensar.
En su libro Inmadurez, Francesco M. Cataluccio (Siruela, 2006) realiza un iluminador y a la vez un incómodo ensayo sobre, precisamente, la inmadurez, una mal que aqueja a la sociedad contemporánea producto del culto hacia las bondades de “dejar salir al niño que llevamos dentro”, culto que surgió con el nacimiento del cristianismo y que se extendió hasta nuestro siglo de la mano de Peter Pan y Walt Disney.
¿Qué ha provocado esta espíritu infantil? Púberes eternos, adultos que se resisten a asumir los compromisos; a los niños se les exige que se transformen en adultos los más rápido posible mientras que los adultos postergan su propia adultez. Para probar sus argumentos, Cataluccio utiliza diversas obas artísticas: pintura, cine, novela, poemas, ensayos, etc…
Pero más allá de si es cierto que la infancia postergada es un mal de nuestra sociedad, me gustaría hacer incapié en algunas producciones cinematográficas y televisivas que de alguna forma comparten el sentir de Cataluccio, y que advierten la peligrosidad (sí, estoy exagerando un poco) del caprichoso espíritu infantil.
De entrada, la que más llama mi atención es la película El aro y en especial Samara, su personaje principal. En general siempre había pensado que los espiritus infantiles eran incapaces de hacernos daño o ¿no? “Hay son niños”, dicen aquellos padres sobreprotectores cuando tratan de justificar la mala educación de los pequeños.
Y sí, al principio de la cinta pensé, que las cosas no podían ir tan mal pues la niña era una fantasma, pero qué tal que uno se entera que la escencia del mal está encarnado en Samara, no en un adulto, sino en una niña de inocente apariencia.
Claro que la Profecía y el anticristo Damián ya nos lo habían avisado, pero uno prefería creer que esto sólo ocurriría, precisamente, cuando el anticristo naciera: si Cristo fue niño, pues el anticristo también debía ser niño. Pero el caso de Samara es perturbador, pues podría ser cualquier niño y podría aparecer de manera inesperada.
Pero mucho antes que esto, existe un capítulo en la serie televisiva Twilight Zone, llamado “It’s a Good Life” (que posteriormente tuvo una secuela en los 80 y una parodia de Los Simpson) en donde había un niño en un pequeño poblado de Estados Unidos que poseía la habilidad de leer la mente y de mandar a quienes no eran de su agrado a otra dimensión (un campo de maíz en medio de la nada) y los podía transformar en fenómenos de circo. Así pues, los habitantes del lugar debía tener pensamientos felicies o de lo contrario, sufriría las consecuencias.
En esta primera parte era sólo este poblado, el cual había quedado aislado del mundo, pero su secuela, que tiene como protagonista a la hija del susodicho niño, piensa que el poder de su padre y el suyo se puede extender al mundo entero.
Adam Sandler en Un papá genial, también había advertido los inconvenientes de dar rienda suelta al espíritu infantil, y de seguro lo hubiera pensado dos veces si hubiera visto Children of the Corn, una cinta en donde un grupo de niños, guiados por un niño predicador, asesinan a todos los adultos de su localidad.
En la franquicia The Grudge, es un niño el gancho para que los protagonistas y allegados sufran mortales desgracias, y si bien no es la causa principal, funciona como un factor de seducción.
En Atonement tenemos un giro interesante: un niña de 13 años, Brioni, celosa del amor entre su hermana Cecilia y el hijo de la criada (Robbie), culpa al susodicho de un crimen que no cometió, lo cual da como resultado consecuencias funestas. Luego de muchos años, los tres personajes tienen un reencuentro ríspido. Brioni pide disculpas diciendo que estaba muy joven, a lo que Robbie responde algo asi como “¿Cuántos años debes tener para saber lo que está bien y lo que está mal?”
En las historias infantiles de Robert Dahl, siempre se ponía en cintura a los niños mal portados (las abuelitas solían amenazar con que a los niños mal portados se los llevaba el ropavejero), por ejemplo en Charlie and the Chocolate Factory, donde Charlie obtiene lo quiere pues es el único que se porta bien.
Los personajes anteriores rompen con la concepción de las bondades infantiles, se convierten en monstruos caprichosos, despojados de toda razón, capaces de generar caos y destrucción, incapaces de vivir en sociedad, pero sobre todo, como una amenaza que debe ser detenida, en el peor de los casos, y en el más esperanzador, debe ser educada.








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