Montse, Gabrel, Lucy y yo, fuimos de paseo con mi mamá y mis tíos de Zacatecas a Teotihuacán. Fue la primera vez de mis hijos y terminaron felices.
Siento que hubo algo místico en nuestro viaje familiar a Teotihuacán. Pero antes de decir por qué, voy a enfocarme el el deseo de mis hijos por ir a conocer las pirámides. Tanto Lucía como Gabriel estaban sumamente emocionados. Era su primera vez.
“¿Vamos a subir la pirámide de La luna?”, pregunto Lucy, “¿Y la del Sol”, remató Gabriel. Les dijimos que la de La luna sí, pero la de El sol ya no se podía. Se desilusionaron un poco pero aun así llegaron con todo al sitio arqueológico.
Luego de caminar por la calzada de los muertos Gabriel sí quiso subir a la pirámide pero Lucy perdió el interés, se encontraba toda chapeada y acalorada, así que mientras su hermano subía decidió que mejor iba al templo de Quetzalpapálotl.
A diferencia de otras ocasiones no terminé muerto de cansancio, y si bien los niños también estaban agotados no los sentí fastidiados como ocurría cuando yo era niño. Siempre recuerdo que, si bien tenía muchas ganas de subir a las dos pirámides —en aquellas épocas se podía subir a la de El sol—, siempre terminaba harto del cansancio y con sed la cual no encontraba rápido alivio o bien, era insuficiente. No recuerdo en mis épocas infantiles que mis padres cargaran todo el tiempo con algún termo o cantimplora para que yo pudiera beber.
Mi esposa Montse y yo llevamos agua para el camino y una carreola las cual los pequeños usaron de regreso al estacionamiento. Todos la pasamos bien. Montse acertó a decir que la combinación entre adultos mayores o que se cansan rápido era la mejor: “al final, todos se cansan al mismo tiempo”. En cambio, si uno es papá joven, los niños son los que terminan tronando. Al menos esa es nuestra percepción.
Los niños subieron, corrieron, treparon, jugaron con el sonido y vieron una demostración de cómo funciona el pigmento de la grana cochinilla, que era lo que usaban las civilizaciones antiguas para pintar principalmente sus textiles.
Pasadas las cuatro de la tarde emprendimos el camino de regreso. Lucy y Gabriel se subieron a su carreola. La primera se colocó de manera normal, y el segundo se fue arriba, sentado en la capota.
Mientras transitábamos por la calzada de los muertos pensaba en lo que Lucy nos había dicho hace tiempo: “¿Por qué todos nos tenemos que morir? ¿Porqué así damos paso a las nuevas generaciones? ¿Al ciclo de la vida?”. Pensaba en mi padre, y en mis hermanos y yo cuando éramos niños. Imaginaba a mi esposa Montse también paseando con su familia… y ahora nos veías a ambos en el relevo generacional con nuestros hijos. Me pregunté si mis hijos harían los mismo con los suyos cuando nosotros no estuviéramos y así sucesivamente hasta el fin de la historia.
En fin… el ciclo de la vida.
Mi mente cambió de tema cuando vi a mis hijos felices platicando su experiencia en Teotihuacán. Misión cumplida con éxito. Creo que lo recordarán con gusto.
Ambos se durmieron en el camino a casa. Quién sabe qué habrán soñado pero confío en que tuvieron dulces sueños.
