A mis hijos les encantan las temporadas festivas al igual que a mí. Supongo que es la manera en que nos hacemos de un marco de referencia cuando somos niños para poder entender el paso del tiempo.
Para este 15 de septiembre tanto Gabriel (6 años) como Lucía (4 años) deseaban ir y comprar adornos para poner en casa, aunque Lucy jugaba más con la idea de obtener “moños mexicanos” para ponerse en el pelo. Al final, Lucy obtuvo sus moños, Gabriel unas brujitas de esas que truenan cuando las avientas al piso, y a ambos les compramos dos banderas de México.
Previo al festejo, mis hijos se la pasaron cantando el Toque de bandera con mucha emoción. Gabriel le cambió un poco la letra y entre risas le hice ver que la canción decía otra cosa:
—Desde niños sabremos vulnerarla.
—No, no, espera. Eso no dice. Es así: “Desde niños sabremos venerarla”.
Para la noche del 15, Lucía se puso su vestido “Mexicano” con sus moños: “Así soy más mexicana”. Su comentario me dio risa pero tenía razón, sobre todo después de ver que muchos de mis parientes llegaron a casa de mi mamá con alguna prenda que parecía gritar: Soy bien mexicano.
Los más jóvenes, en un mood más urbano, se pusieron una playera de la selección mexicana lo cual me pareció una buena solución, y es que a mi eso de disfrazarme no hace sentir muy cómodo. Y aunque me sienta muy mexicano, ponerme algo que usualmente no me pongo me hace sentir que llevo disfraz. El año que viene consideraré ponerme alguna playera deportiva de algún representativo nacional, aunque siento que no es mala idea que hubiera más opciones “urbanas” para la temporada de independencia.
Ya en la noche, luego del trabajo de crianza y de varios pozoles —porque fuimos a comer primero con mi suegra y luego pasamos a casa de mi mamá—, me quedé viendo varios videos de Juan Miguel Zunzunegui y su discurso sobre lo mexicano. Y concuerdo con él sobre el hecho de que el periodo colonial y su herencia cultural son elementos esenciales que alimentan ese sentir mexicano: esos pueblos mágicos, esas haciendas antiguas, las iglesias y nuestra gastronomía. Por supuesto, también los espectaculares sitios arqueológicos que habitan el país, así como la biodiversidad que existe.
Desde hace varios años que no veo el Grito de independencia en vivo. Ultimamente lo veo al día siguiente por alguna red social. Siento que no vale la pena desajustar el horario de mis hijos por el grito. Aunque desde antes de que nacieran mis hijos había perdido el interés, y con los años lo he venido ratificando.
Mis desgana no viene necesariamente de un clima político, simplemente es un ritual que no me emociona tanto. Pero debo reconocer que el Himno Nacional y el pozole saben mejor el 15 de septiembre. Escuchar a mis hijos cantar el Toque de Bandera me emocionó sobremanera y me refuerza ese nacionalismo que luego se tambalea cuando volteas a ver los defectos y otras realidades del país. “Todos son iguales”, decía mi abuelo.
Al final de cuentas, con quejas y todo, dentro de mi, hay un chip nacionalista que emerge de vez en cuando y me llena de orgullo, aunque la idea de lo mexicano se redefina con el tiempo, aunque sea un concepto que poco o nada tenga que ver con la realidad. Hayan sido Hidalgo, Iturbide, Santa Ana o Don Porfirio, “haiga sido como haiga sido”, es el 15 de septiembre en donde uno dice o grita, aunque sea por dentro, sin tapujos: Viva México, cabrones.
