En memoria de Vladimir Martínez. Descansa en Paz.
Cuando Jean Baljin salió de prisión fue recibido por Monseñor Bienvenido. Qué estúpido, ¿por qué dejó entrar a un sujeto peligroso? Seguramente porque tenía que ser bueno y congruente con sus valores católicos pero en realidad se vio muy pendejo porque, en cuanto pudo, el ex convicto robó su platería. Claro, miserable, por eso se llama así la novela de Victor Hugo. La gente no cambia y no deberíamos darles una segunda oportunidad.
Por su puesto, Monseñor Bienvenido no pensaba así. Y fue más allá pues resulta que cuando la policía atrapa a Baljin con las manos en la masa, el obispo no lo delata, sino que le miente a la poiicía y les dice que fue él quien le regaló la platería, y no sólo eso, además le regala dos candelabros más. La consecuencia es que esa acción es el motor de cambio que Baljin necesita para volverse “bueno”; Baljin es capaz de cambiar su vida gracias a la fe y a la generosidad del clérigo.
Monseñor Bienvenido no vuelve a saber sobre Jean Baljin, no se entera de la manera en que cambió su vida. No sabe si aquel hombre volverá a robar o será buena persona, pero tiene fe que puede ayudarlo y le da un regalo hermoso que va más allá de los bienes materiales. Algo invaluable que toca fibras profundas en el protagonistas de Los miserables.
Claro, supongo que hay gente que quizá no hubiera cambiado, pero estoy convencido de que una buena acción es capaz de transformar conciencias.
Los regalos incondicionales que de pronto recibimos son los mejores porque no hay nada que exija a la persona que nos los da: no se necesita un pretexto, es decir no es por nuestro cumpleaños o por la celebración de una fecha importante.
¿Les ha pasado? O sea, algo sencillo y no tan complejo como el pasaje de Baljin y Monseñor Bienvenido, como que llegue una persona y haga algo por ustedes; una persona que no les debe nada, no quiere nada a cambio, y que no tiene ningún tipo de obligación.
A mí me ha pasado varias veces. Y de entre ellas recuerdo un par con mucho cariño, obra de mi cuñado Vladimir quien me ayudó con un par de temas que me estaban quitando el sueño. La primera ocasión fue hace más de 26 años y la segunda ocurrió hace como tres meses. Recuerdo que cuando me despedí, le recordé lo agradecido que estaba por ayudarme en estas ocasiones. Él ya ni se acordaba de aquella primera vez. Cuando colgué con él hice una anotación mental: “Tengo que hablar con mi hermana para saludarla. Ahora que esté más tranquilo le llamaré”.
Tengo que comentar que puedo contar con mis dedos la cantidad de veces que había visto a mi cuñado previo a esa última llamada telefónica. Lo conocía pero no lo conocía. Lo mismo con mi hermana, claro que a ella la había visto un par de veces más y he hablado mucho más con ella pero no crecimos juntos, de hecho nos conocimos el día en que murió mi padre; ella en sus treinta y yo en mis veinte. Y aunque hubo algunas reuniones con ella y mis otras hermanas y hermanos, no han sido más de 20 veces las que nos hemos visto. Hacía casi 6 años que no tenía contacto con mi hermana
A lo que voy es que mi cuñado consideraba que éramos familia como un mero formalismo pero en realidad no tenía que hacer nada por mí. Podría haberme dado el avión y nadie le hubiera reclamado. No tenía que quedar bien conmigo, no es como que nos fuéramos a vernos el domingo siguiente en un evento familiar. Y aun así me escuchó y tomó en serio mi problema y me hizo sentir que no estaba solo, que había una salida y que contaba con su ayuda.
El fin de semana pasado mi cuñado falleció.
Todo fue muy rápido. Descubrieron que tenía un cáncer muy agresivo y se fue en un par de semanas. Quedé en shock. No sabia que había pasado por días complicados y dolorosos. Me enteré de su muerte un día después. Y cuando hablé con mi hermana para darle el pésame traté de que fuera rápido porque de lo contrario ella hubiera terminado consolándome a mí. Quería que él estuviera bien y escuchar que la vida mi hermana y su familia era más próspera y abundante que nunca, rodeados de mucho amor, pues se lo merecía. Todos se lo merecían.
Y aunque me hubiera gustado convivir más con él, mi intención con este texto no es advertir de la futilidad de la existencia y de que estar en contacto con las gente que queremos y nunca olvida decirles te quiero, o hacer el esfuerzo de mantener un contacto más directo con las hermanas que viven lejos. Eso está implícito.
Entonces, este texto es un recordatorio para mí —y para quien quiera tomarlo de esa manera—, de honrar a aquellas personas que nos dan un maravilloso regalo de manera incondicional a través del reconocimiento de la acción, de nuestro agradecimiento y de la reciprocidad, pero no hacía ellos necesariamente porque estamos hablando de personas que no son tan cercanas (aunque pueden ser muy queridas) o personas que nunca más volveremos a ver. Es decir, devolver el favor al mundo, al universo… como ayudar a un par de desconocidos a empujar el coche de un automovilista que cayó en un hoyo, ayudar a una mamá cuya carreola se atoró en la banqueta mientras ella tienes las manos ocupadas con algunos bultos, etc.
Pienso que estas acciones incondicionales son sumamente poderosas y nos ayudan a tener fe en el mundo y en que vida puede ser mejor.
