Hace mucho tiempo… mi madre me “convenció”, casi con manita de puerco, de que fuera a una fiesta infantil. Creo que era el cumpleaños de alguno de mis primos o del hijo de un amigo de la familia. Yo no quería ir pero me llevaron.
Durante la fiesta, mientras jugaba en la alberca de hule espuma, mi primo Luigi, de la nada, de pronto me dio un golpe. Obvio lloré como nunca. No tenía hermanos mayores y casi no me gustaba llevarme con otros niños, así que tenía pocas herramientas para lidiar con estas cosas. Aunque años más tarde, gracias a ese episodio, tuve que aprender a pegar.
Después de aquel evento, menos deseaba ir a fiestas infantiles. Y afortunadamente mis padres respetaron ese deseo.
Curiosamente si hay algo que pulula en la vida social de mis hijos han sido las fiestas infantiles. Y han llegado a cantidades a mi gusto exageradas. Montse y yo recordábamos que durante varios meses había alguna fiesta cada fin de semana. Fiestas en donde éramos cerca de 100 invitados.
Mi esposa y yo tenemos la teoría de que todo fue culpa de la pandemia: pensamos que los papás tenían tantas ganas de convivencia que se emocionaron con los eventos de sus hijos. Y cuando mi hija Lucia entró a maternal hubo momentos en que Montse y yo nos teníamos que dividir. Curiosamente, los papás de la generación de amigos de Lucía son mucho más mesurados y las interacciones sociales son ínfimas en relación a la actividad que vivimos con mi hijo Gabriel.
De pronto, la experiencia escolar de Gabriel se volvió como una especie de club social. Algo muy raro puesto que ni Montse ni yo tuvimos ese ritmo de vida social en la infancia. Puedo contar con los dedos de las manos la cantidad de veces que yo fui a casa de algún amigo o viceversa.
Todo esto me lleva a un punto importante: La supervisión. Y si bien tanto Montse como yo hemos podido socializar en una fiesta infantil, nuestra principal tarea es la supervisión de los niños mientras juegan. No deseo que Gabriel o Lucy vivan una experiencia similar a la mía, aunque entiendo que uno no puede protegerlos de todo, pero al menos se puede ir suministrando herramientas para que puedan lidiar de mejor manera con su entorno. He escuchado puntos de vista que dicen que debes dejar solos a los niños para que resuelvan sus problemas, lo cual siento que es algo totalmente equivocado. Y a todos los que piensen así los invitó a ver o leer El señor de las moscas, a ver si siguen pensando lo mismo.
Entiendo también que demasiada “supervisión” puede caer en la sobreprotección y al final de cuentas nuestros niños tampoco tendrán herramientas para enfrentar sus problemas. Pero apelo al justo medio. En donde los padres seamos una guía en esos primeros años.
Me desespera sobremanera ver que un niño se pase de la raya con mis hijos o con otros niños y su padre ahí, viendo como un… (Ponga aquí sus maldiciones e insultos favoritos). En un ambiente de padres vigilantes, uno se siente más seguro —eso es algo que recuerdo de cuando mi madre levantaba la mano por mí —, y siento que así, con reglas que se van formando en lo comunitario, uno va adquiriendo herramientas de socialización y no se vive en una jungla donde sobrevive el más fuerte. Además, uno siente el respaldo de los padres y del barrio. Obvio también le ponemos límites a él cuando se pasa de la raya.
Y como decía, tampoco creo que esto deba ser siempre, y poco a poco uno debe de ir soltado las riendas, además, uno no tiene potestad sobre los hijos de los demás y no es omnipresente, por lo que tarde o temprano nuestros pequeños se verán solos y en la incertidumbre de cómo actuar ante la amenaza, el enojo o el malentendido de un niño o incluso su hermano mayor.
El proceso de libertades con nuestros hijos ha sido paulatino. Con Lucía estamos mucho más cerca, pero con Gabriel ya la supervisión de juego entre pares es poca. Y si bien nos mantenemos a la distancia él sabe que estamos ahí para apoyarlo, aconsejándolo sobre las opciones que tiene para poner límites.
Curiosamente, mi odio por las fiestas infantiles se ha transformado ahora que soy papá y no tengo que lidiar con otros niños de mi edad. Así pues cambiaré mi perspectiva un poco: odiaba las fiestas infantiles cuando era niño pero ahora amo ver cómo mis hijos se divierten en las fiestas infantiles.
En fin… uno hace lo mejor que puede de acuerdo a su cultura y su tiempo, esperando que nuestros hijos crezcan lo mejor que se pueda, tanto en lo físico o emocional. ¿Qué errores cometeremos con esta generación? Ya se verá en algunos años… y nuestros hijos deberán tomar otras decisiones y renegarán de nosotros y así una y otra vez hasta el fin de la historia.
